Show must go on

mayo 24, 2012

Cada músculo, hueso, cartílago le pesaba  hasta derretirla  mientras salía por la puerta. Se le habían empezado a dormir los labios pero seguía sonriendo,  petrificada;  con más empeño que humor, exhibiendo su perfecta dentadura y tensando más la mandíbula.

A su yo masoquista involuntario, que le daba por despertar en los mejores momentos, le encantaba  manifestar  aprobación con cada posibilidad que en un futuro próximo hiciera rechinar sus dientes hasta desgastarlos.

Por supuesto, querido. Indudablemente. Sí cariño, pasé la raya al pensar que esa canción era para mí. Completamente de acuerdo, me adaptaré encantada. No tendré opinión. ¿Por qué no…? Cállate, pensaba. Mantén cerrada esa estúpida boca y concéntrate en cualquier otra cosa.

Según la mierda se acumulaba, su pie vaciaba los nervios mediante irritantes golpes contra el suelo. No sabía cómo, pero todo lo que ocurría en ese momento, le invitaba a beberse un whisky apoyada en el marco de una ventana, si fuera posible de un ático, mientras se echaba un pitillo. Y luego, quizá tirarse, lo reflexionaría.

También le seducía la idea de golpear con insistencia las viejas teclas del ordenador cuando llegara a su casa a las tantas de la mañana. Se quitaría los zapatos, olvidaría la compañía, terminaría la botella y daría rienda suelta a la frustración. La frustración llamaría a las musas, y las musas a la mente, y su mente a las palabras, y las palabras a más palabras… que demostrarían el fracaso de sus acciones, su falta de personalidad, originalidad y talento y pondrían de nuevo en primera posición de posibilidades la ventana. Saltémonos todos los pasos y empecemos a gritar.

Vuelven los días de calor acompañados de esa  lentitud pegajosa, escotes, cañas en terrazas y paseos nocturnos.

Hago ritmos con el mechero sobre la mesa del bar mientras releo el periódico: los mismos cuentos con idénticos protagonistas. Si tuviera dinero editaría una revista sólo de noticias buenas o noticias inventadas, grandes titulares que apetezca leer por las mañanas: La crisis la pagarán los ricos, No más deshaucios este mes, La casa real renuncia a sus privilegios…

Se cae una copa y olvido mis pensamientos. La atmósfera cargada del bar me hace imaginar tonterías.

En la barra una chica pide disculpas mientras el que tiene pinta de jefe la reprende.

Vengo todos mis días no festivos de todas las semanas. Y todos ellos se acompañan del mismo almuerzo: café con leche, pincho de tortilla y El Heraldo. La silla está empezando a moldearse según el contorno de mis nalgas, el diario aguarda tranquilamente -nadie más lo lee porque se juega con blackberries- y sólo necesito una mirada para que me sirvan el café y la tortilla.

Hoy, dentro de esta rutina, hay diferentes matices: abanicos, gafas de sol y pantalones más cortos. Si me concentro puedo escuchar las gotas de sudor y los jadeos.

Unas señoras se sientan en la mesa de enfrente. Gritan,  no: cacarean y gesticulan de forma grotesca. Entre aspavientos  y retoques de faldas se quejan del calor, la pensión, los jóvenes, el Gobierno…

Yo hago como que leo mientras escucho. Siempre escucho, presto atención al qué, cómo, dónde, cuándo y por qué se dice lo que se dice. Las palabras bien elegidas me encandilan, las mal estructuradas me divierten y el poder plasmarlas en papel me parecía el trabajo de mi vida.

Era lo mejor de la profesión: jugar con las palabras. Lo peor: que no es un juego.

Odio mi trabajo, odio levantarme cada día para hacer de mercenario informativo: dar voz a quien no la necesita, a quien no se la gana, ocultar detalles dando más importancia a otros, contar las palabras vendidas y seguir una estructura.

Odio golpear cada día en un teclado letras torpes y huecas para luego esperar la llamada de aprobación, terminar los párrafos acordados, volver con jaquecas a casa, tomar una pastilla, dormir artificialmente y tener que levantarme de nuevo a resolver las palabras encadenadas.

El único buen momento del día es el almuerzo. Poder pensar libremente, escuchar a la gente. ¡Eso debería ser el periodismo! Bajar a la calle, escuchar problemas de personas reales. Pero no, dicen los de arriba que no vende.

Pego dos sorbos largos al café y termino el último trozo de tortilla. Ya pasa la media hora, es momento de volver. La redacción, el jefe, la pantalla, las teclas y el aire acondicionado esperan. No hay una pizca de realidad callejera. Esto no es ser periodista.

Para otras cañas

abril 8, 2012

Estoy hablando a un perro, no, mejor: a una mesa. A cualquier elemento del inmobiliario. La gente parlotea y grita, odio ese tono de voz estridente y el cacareo; y yo, yo hablo con una mesa, una silla y dos cañas semivacías.

¿Otra caña? Por supuesto. Yo misma la habría ofrecido si hubiera percibido esa disposición que los seres humanos llamamos estar a gusto.

Pero  no, te llevas retorciendo desde que llegamos como si el asiento fuera demasiado pequeño. Tu pierna no deja de temblar impaciente mientras mantienes los brazos en jarras mirando a cualquier punto menos a mí en el bar. Ojalá todo fuera negro y no te quedaran más narices. Mírame a la cara joder, esto no es un drama.

No es otra de esas situaciones donde terminaré convenciéndote de que no era tan importante mientras te acuno. Admitiendo que soy demasiado; demasiado gruñona, sensible, rallada. Que pierdo fuerza por la boca y la cabeza por mi condición de ninfómana romántica. En fin, un increíble dolor de huevos.

Te observo.

Bostezas.

Tampoco hubiera venido mal una muestra de cariño, de ese que se sabes que está ahí. Por supuesto, todos lo sabemos, pero verbalizarlo no cuesta tanto de vez en cuando. Preguntar con interés cómo estoy, decir que con ese gorro estoy muy guapa o abrazarme algún día por la espalda mientras suena la Vie en Rose cantada por Armstrong. Ya pido demasiado.

Otro bostezo. Te juro que intento no pensar que ojalá te atragantes.

Una aceitunita de estas que descansan a la sombra de las cervezas y un poco de puntería redondearían la noche.

Estoy por decírtelo. Las palabras se disponen en la punta de la lengua. Preparadas para un grito, un corte o un reclamo transformado en una de otras tantas tonterías que ya he cometido y me quedan por cometer. Meteduras de pata; sí, hasta el fondo. Si no, pa’qué.

De vez en cuando uno se empeña en no aceptar la realidad, desdibujar algunas partes e inventarse otras. Termina saliendo: en pequeñas dosis, o toda de golpe. Bienvenido al mundo real. ¿Qué es ‘real’? ¿Cómo defines ‘real’? Si hablas de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, probar y ver…*

Simplifiquemos: es lo que hay.

Al final te callas, porque es lo que toca. A esa latitud y en este momento espacio-temporal sí, es lo que toca.

Entonces, ¿para qué estamos aquí?, ¿para ver si volvemos a echar un polvo? Prefiero un abrazo y que me prometas otras cañas.

 

 

*Matrix

Cosa de tres (2)

enero 25, 2012

Volvió la vista y descubrió la figura en el marco.

Su cuadro favorito por esos tiempos. La imagen se quedó paralizada, sin moverse. No lo alargues, tenemos los dos obligaciones, vente ya a la cama. Me encanta observarte sobre las sábanas, sin pantalones, ¿alguna vez te lo han dicho? Estás preciosa así: con camisa y sin pantalones. Lástima una mejor descripción, pensaba mientras observaba sus piernas desnudas sobre el colchón y los pliegues de la camisa sobre su ombligo.

Se decidió a entrar desanudándose la corbata y desabrochando los primeros botones de su camisa. Fue al baño a remojarse la cara y volvió a la habitación sin el maletín y jugueteando con su corbata entre las manos.

¿Te gusta el sitio? Es lo mismo de siempre. Siempre dices lo mismo. Ya, porque es así siempre, ¿sabes?, me empieza a preocupar el término siempre, da pie a pensar en una periodicidad. No empecemos. No, no empiezas, ese es el problema. ¿Qué no empiezo a qué? A besarme, las conversaciones me aburren, me sobran al día.

Se inclinó sobre ella, le jodía que le cortara de tal modo, sólo pretendía un trato más humano más… íntimo. A veces parecía imposible. Colocó su mano bajo los pliegues de esa fascinante camisa y empezó a explorar el interior, sus dedos ciegos se movían con suaves movimientos circulares sobre la superficie, sin ansiedad, sin prisas, disfrutando del descubrimiento.

En la otra mano seguía sosteniendo la corbata, acarició su rostro y buscó sus labios, pero no los besó. No quería obedecer tan fácilmente sus reclamos, los acarició con el dorso de la mano y luego con sus propios labios, huyendo del beso. Se estaba divirtiendo. Sacó la mano de debajo de su camisa, dejando los botones ilesos, y desenroscó la corbata de la otra mano.

Ya hace tiempo que había cerrado los ojos, no había ni visto su salida del baño. Sólo el sonido del agua borbotear, algo esperable. Siempre hacía lo mismo, quizá por disimular olores. Todas las mujeres huelen distinto. Continuó cerrándolos desde el intento de charla, por disimular su expresión, y cuando él por fin se decidió por acercarse a la cama y empezar a acariciarla siguió cerrándolos por precaución. Últimamente no le gustaba en demasía la realidad.

Su ceguera voluntaria se tornó en juego cuando notó su corbata sobre sus ojos y el suave nudo sobre su pelo. Delicado, acariciando cada mechón y separándolo. En su blanca ceguera empezó a notar sus besos en sus pies. De cada beso surgía un color, como Fantasía. Y cada color bailoteaba con el resto en una orgía de placer.

Notaba el hormigueo en la punta de sus dedos y cómo sus labios iban recorriendo cada centímetro. Mientras subía, sus manos, como exploradoras adelantadas, dejaban tras el suave paso de sus dedos un campo de poros erectos. Piel de gallina alimentada con el vaho caliente que despedía su boca al recorrer de forma ascendente sus piernas, demorarse en sus rodillas y acabar besando y mordisqueando la parte interior de sus muslos.

Mientras advertía ya sus manos desabrochando los botones de su camisa para llegar a sus pechos, los colores que jugueteaban divertidos en su blanco paraíso empezaron a tomar formas con sentido. La silueta de un cuerpo desnudo iba resurgiendo entre hormigueos y gemidos. Un cuerpo desnudo de mujer, blanca, con curvas y pelo ondulado oscuro. Otra vez Ella. Una imagen infinitamente sensual por la que se dejó llevar disfrutando paralelamente de la fantasía y la realidad.

Las manos de él habían logrado desabrochar y esparcir la camisa sobre las sábanas para luego ayudar a su ropa íntima a deslizarse dócilmente por sus piernas con la ayuda de su boca. La ilusión de Ella acariciaba con sus dedos el trayecto de su cuello a su pecho. Su cuerpo real, desnudo y febril esperaba ansiosamente la nueva remesa de besos y caricias
que tocaban, mientras su mente devoraba la fantasía, excitada.

Pasaron unos segundos sin que nada ocurriera, la imagen paralizada y él ausente. Sus sentidos pudieron percibir el chinchineo de la botella de champán. Confusa se fue a erguir pero un brazo se lo impidió. Volvió a notar cómo una respiración se acercaba a su pecho y le atravesó un hormigueo cuando notó el frío acariciando sus pezones.

El hielo se iba derritiendo sobre su cuerpo. Haciendo círculos para acabar rodando camino hacia su sexo donde la amalgama de calor, frío y exquisita fantasía la condujeron a los temblores y espasmos coreados por gemidos. Almudena, Ella, le guiñó un ojo y todo se volvió blanco de nuevo.

No había querido ni quitarse la ropa. Hoy los pantalones en su sitio, hasta que los desabrochara ella, estaba harto de bajarse la bragueta. Levantó la cabeza limpiándose el  contorno de los labios y la observó desnuda, extenuada con la camisa derramada sobre las blancas sábanas. El rostro tapado con su oscura corbata que contrastaba con el blanco de su piel. Se sentó en el reborde de la cama sin tocarla para seguir mirándola: apreciando su respiración reflejada en su pecho, sus labios entreabiertos y sus piernas temblorosas. Le recordaba a Almudena. Hace apenas unas horas se había quedado extasiado admirando una escena similar. Hipnotizado por sus curvas y su oscuro pelo ondulado.

Paró de pensar, amaba el amor que se reparte, y a los que lo reparten. La realidad era así: el amor, o lo que él entendía como tal, no era mesurable ni finito, no era posesivo ni exclusivo. Se había casado, sí. Tanto por imposición del contexto como por decisión propia, y a pesar de que no había pasado un solo día sin que se hubiera levantado con ganas de volver a acostarse con su mujer, nada le había impedido conocer y empezar a sentirse fascinado por Ana. Esa mujer racional y mesurada. Fría en todos los detalles que salieran de esa jaula, de esa cama.

Le desabrochó la corbata y se inclinó hacia ella para besarla pero se apartó. Ya no son necesarios los besos. Define necesarios. Pues eso, útiles, no contienen un objetivo o sentido, nos tenemos que ir pronto y ya me has colmado. Muchas gracias.

Besos robados al amor para vestir la nada, pensó él. Había besado, acariciado y lamido cada milímetro de su piel con infinito cariño para nada. Para que el espejismo de calor y ternura se desintegrara y transformara en sexo. Puro y simple sexo. Se sentía utilizado.

Con tranquilidad e indiferencia Ana fue abrochándose uno a uno los botones de la camisa. Él la observaba fascinado; le encantaba cómo se movía, su determinación, su seguridad. La mente que la guiaba, la mente que dibujaba los gestos en su cara, la mente que hablaba. Esa mente. ‘Hay que follarse a las mentes’. Sonrió.

¿Por qué últimamente eres así? Así cómo. Fría, sexy y degradada. Ya te está dando la vena sentimental, te dije en su momento que yo no necesitaba nada más. No, realmente fue así: no necesito nada más, no necesito nada más. Conversaciones, intereses comunes. Pero no necesito nada más, no necesito nada más. Frases inacabadas, noches y más noches. No necesito nada más, no Quiero necesitar nada más.

¿Has acabado con tu sesión de psicoanálisis? No, esto no es un drama Ana; es una farsa, aunque no te lo parezca. Si buscas el final te pasará lo de siempre: tú abandonarás la habitación mientras yo me quedo pegándome una ducha para disimular tu olor. Luego volveremos a nuestras camas y todo seguirá igual: somos tan mierdas e hipócritas como cualquier otro par de amantes; petrificando la realidad unos segundos, gimiendo angustias y miedos. Damos asco.

No hay salida, no podemos cambiarlo. No Ana no, esto no es un juego donde has aceptado las reglas: en el amor no hay reglas. Ana no pudo reprimir una carcajada: ¿Amor? Hoy es peor que otras veces. ¿De qué amor me hablas, amor a la naturaleza, a la patria, a la familia, entre sucios amantes?

Te hablo del amor, el amor infinito e inigualable, el amor que creo que empiezo a sentir por ti. Llamadme romántico.

Ah. Ana se había terminado de vestir y miraba divertida a su espectador. La puerta podía esperar, tenía que aclarar un par de cosas.

El amor, eso de lo cual la gente habla y siente, lo siente como si fuera algo superlativamente auténtico. Todos saben lo que es pero decaen en la definición o la descripción. ¿Cuál es la diferencia entre amor y amistad? ¿Entre amor al padre o al amante? Debe ser cualitativo porque si fuera simplemente cuantitativo no harían falta palabras distintas, hablaríamos de grados. En el caso, por ejemplo, del amor explícitamente sexual no podemos quedarnos únicamente con la amistad y el sexo, ojala. Y si intentamos dilucidar las diferencias entre uno y otro nos daremos cuenta que se distinguen en la afluencia de mayor cantidad e intensidad de rasgos como: posesividad, dependencia, ambigüedad, celos, ansiedad, irracionalidad, mitificación…

¿Quién quiere estar enamorado? Mantente enamorado de Almudena y sigamos follando.

Pintas el amor como constante de frustración y abandono. Así es. Somos todos gilipollas entonces. No, estamos alienados. ¡Oh, sí! Vamos a ponernos rojos, rojísimos: explícate. El amor es otro contrato, si a ti y a mí nos diera por enamorarnos acordaríamos lo siguiente: tú vas a fingir que yo soy lo más importante para ti, el centro de tu universo, y yo fingiré que tú eres el centro del mío, de este modo olvidaremos que desde que salimos de la infancia estamos irreversiblemente solos, cada uno confinado en su propio centro. A la vez fingirás que yo soy para ti algo único e insustituible, que estás conmigo precisamente porque soy yo, cuando en realidad mi identidad profunda es desconocida e inasequible y no soy más que una entre las miles de actrices que podrían representar el mismo papel para ti. A cambio, yo fingiré que tú eres para mí a único e insustituible. Algo que me resultará tanto más fácil en la medida en que me hagas creer tú a mí. Y así, organizados en comunidades de engañados. Cumplido el objetivo: sociedad atomizada en grupúsculos aislados y manipulables, obsesionados únicamente por el otro, su espejo.*

Lo dicho, somos rojos, rojísimos si no nos enamoramos, si caemos en esa breva cumpliremos el mito cristiano-burgués. Algo imperdonable. Esa es mi teoría, no tienes por qué compartirla.

Se quedó de nuevo mirándola fascinado. Así era Ana, una mujer diferente. Para algunos un bicho raro, una loca. Para él estaba exquisitamente loca. Tú no funcionas en el mundo real.

Ana puso la mano en el pomo de la puerta dando por concluida la conversación. Pensó en Almudena. Le empezaba a faltar el oxígeno y acabaría por boquear como pez fuera del agua. Miró por la ventana: llovía. Perfecto para quitarse el olor.

 

 

 

*Contra el amor (Frabetti)

Ya estoy otra vez, andando completamente ebria entre burlonas farolas que me dieron la espalda ya hace tiempo, adiós a sus luces. Traidoras. ¿No recordáis antaño, cuando me dedicaba a dar vueltas colgada de vuestro cuerpo con botella en mano, ojos cerraos y garganta abierta?

Sencilla de notar y fácil de escupir, así me siento.

Pensando en que la alegría y el dolor no son como el aceite y el agua, sino que coexisten y a veces se mezclan las muy perras. Aunque seguramente me lo invento, por sentirme especial, claro que sí. Por los sueños que observo derramados sobre la acera, tampoco lucen, se pudrieron. Se mezclaron con la apatía y la decepción para acabar perdiendo y sentirse derrotados.

Porque no es que sea pesimista, sino que el mundo es pésimo, oí en alguna ocasión. Eso y que mis pasos sobre la acera son irrelevantes, polvo aun en materia que no tardará en desintegrarse. Así que para qué.

Al menos me queda hablar, del mundo y de la mierda. De que hay tanta, tanta y tanta mierda que no se sabe por dónde empezar para no saber dónde acabar. Blasfemar. Sí, me encanta. Últimamente si no blasfemo no respiro. No siento el aire sacudir mi pulmones. Hablo y termino blasfemando en todos los lugares, ocasiones, siempre que puedo, o no.

Es absurdo, si se supone que nada va a cambiar para qué gastar saliva, para qué mojar tu pan. Pero creo de algún modo que al menos, mientras blasfemo, siento que estoy viva y que sigo teniendo algo por lo que blasfemar, y que sigo atenta cuando todo va cambiando.

Además el silencio me derrumba. No puedo, me ahoga. También en cualquier lugar. Tampoco hay tanto sitio en el colchón: tú, yo y el silencio. Alguien terminará bajando del barco, pero mientras se me hacen llagas.

Me pican esas llagas, en esas ocasiones más que lo que dicen es lo que esconden. Tengo la boca repleta y el silencio las revienta. Nacen con cada pregunta tragada y sangran con cada respuesta silenciada. Nado entre llagas.

Tengo llagas de no verbos.

Pero eso sí, estoy  bien*.

*”Bien, es lo que decimos cuando no queremos mostrar nuestra debilidad, decimos, Bien, aunque nos estemos muriendo, a esto le llama el vulgo hacer de tripas corazón, fenómeno de conversión visceral que sólo en la especie humana ha sido observado.” Saramago.

A tempo

julio 17, 2011

Ya retiraba lentamente su mano  de esa piel de gallina perlada de poros erectos, pelos en punta y su dedo jugueteaba en movimientos circulares  en torno a su ombligo. Las pestañas temblaban exhaustas sobre unos ojos en blanco.

Sí, cerró muy fuerte los dedos de los pies, puso rígidas las piernas y no pudo contener los espasmos.

Clavó con furia las uñas firmando arañazos en espaldas desnudas, expuestas, desvirgadas.

Lamió y mordió su lengua, su cara, su cuello. Bañado de gotas que  se deslizaban por su pecho.

Suspiro.

Ahora observaba con desconcierto su reflejo desfigurado en sus ojos miel. Su cara en mueca torcida, sus pupilas dilatadas.

Desbrozaba ese momento medido por palpitaciones y gemidos sordos.

Y creyó que oía llorar. Un sonido casi inaudible, como sólo puede ser el de las lágrimas que se van deslizando lentamente hasta la comisura de la boca, donde desaparecen para reanudar el ciclo eterno de los inexplicables dolores y alegrías humanas.

Usted no me conoce

febrero 22, 2011

Usted no me conoce.

Menos mal, podría denunciarme por espiar tras las rendijas  mientras muerdo mis uñas durante la espera.

Perdón, quizá debería comenzar por un saludo ya que no podré decir más: buenos días, buenas noches, o buenas tardes, buenas medias. Al fin y al cabo el saludo igual da. No me importa cuándo lea esto, no creo estar en ese instante. No obstante y  pese a ello quería advertirle…

Que podrá llámarme psicópata si algún día le abordo, le grito bajando la calle subiéndome a los coches. Llámemelo, porque loco o loca estaré, por desesperación.

No se asuste si trepo farolas, ladro, vuelo o gruño. Ni piense en obsesión cuando le comente que pienso en usted, las mañanas, las tardes y las noches. Los intervalos entre ellas. Los momentos de antes y después de cada intervalo puede que también. Pero no es cosa de obsesión, créase un estímulo para mi mente.

Además no acaban aquí mis problemas, el cielo me ataca. Sí, no le suene tan raro: me ataca. Y no llevo un casco plateado porque sé la razón: es el único que puede oír mis susurros y está harto de verme articular sin emitir sonido alguno. Que el viento le lleva mis palabras que sin esfuerzo hacen por alejarse de su oído y la exposición a semejante locura le está ahogando vivo.

Y sí, llame a la excentricidad  cuando sea capaz de decirle que me he habituado a su cara. Que al fin y al cabo no está tan mal diseñada. Que sus cejas demasiado espesas ahora me parecen frondosas, que su sonrisa torcida ya no la creo amarilla. El crujir de sus articulaciones se transformó en suave música hace días y el orden de sus pecas es un caos donde me perdería.

De hecho su respiración desacompasada querría poder calmarla o acelerarla a mi gusto, al igual que sus latidos que ni siquiera recuerdan ya  al tic tac de una bomba.

Pierda los nervios cuando diga que le añoro. Que añorar puedo, simplemente añorar. Sentir un vacío no es tan raro ni tan ñoño. No se inquiete cuando admita que no sé cómo ni en qué grado algo me cuesta tragar. Un pinchazo, nudo, busque usted sinónimo. Algo. Algo con vida propia  que me impulsa a guardarle sitio en el cine, hacerle un fuerte en mi cama con cojines. A que me encuentre día a día, o noche a noche, en los brazos de una almohada mientras invento un perfume.

Este algo incongruente me susurra desde dentro. Voz de duende, insoportable y travieso que dentro de mi locura la está cambiando, haciéndola progresar, ¿empeorar? Tal vez. Yo diría madurar. Madurar puesto que de madurez hablaríamos al admitir los hechos, asumirlos como míos y suyos y no de otros.

Madurez al saltarse racionalmente, o no,  las normas, al no caer en lo usual y seguro. Admitir que ya no queda rumbo, que las migajas se acabaron dejando el camino oscuro. Y la verdad, me da igual, el duende dice que las cosas, cuando buscan su rumbo, encuentran su vacío.

Por terminar no será, sinceramente no podría. Infinita sería  la enumeración que haría sólo con su descripción, desbrozando cada instante que creo que me mira. Analizando cada segundo, definiendo cada color y fantasía que provoca. Imposible créame, sería. De todas formas esto ha de acabar porque son minutos que me pierdo y mi mente caprichosa horas de usted reclama, de usted sin dueño, sin cadenas de letras pesadas, palabras tontas, descripciones absurdas.

Necesarias por otra parte, ya que si al folio en blanco me vendo es porque este canal negro y blanco es el único medio con el que no me atraganto, con el que no titubeo. Mi máscara perfecta para la exposición e impudor.

Así que simplemente le pido que observe usted esta letra, enviada con recortables  de piel de gallina. De un desconocido para otro, de desconocido a desconocida o desconocida a ambos. Letras que no admiten género ni cara, ¿qué más dará? El sujeto es la proyección de sus acciones y pensamientos, o en este caso de palabras.

Usted no me conoce.  No se lo permitiría.

Ahora que vuelvo, a mi cuarto de puntillas

tapando el sol con solo un dedo

dejando atrás efímeras piernas, desordenadas,

en habitaciones dormidas.

Oigo el chirriar de una puerta,

el cierzo que araña

oigo el parpadeo de un flexo,

oigo el goteo de un grifo,

el susurro de la niebla tras la ventana.

Pies desnudos dejando huella

en una huída desesperada.

Vuelvo a salir de una cama,

en medio de la noche.

Respiración entrecortada.

Un eco vacío y hueco,

y arrítmico

y delatador

y acusatorio.

Me acompaña.

Pelo desordenados y rebelde,

encorvada la espalda y remangadas las mangas.

Furtiva sombra que corre,

jugando a que no ha pasado nada

a dejar paso a la inconsciencia,

a volver impoluta a su cama.

Quedan atrás, huellas de pies desnudos,

contra el segundero de latidos.

Rápidos, cada vez más rápidos y nerviosos

a contratiempo con el sino.

Quiero entrar en calor,

quiero pensar en esa cama,

huí hace tiempo

revuelta entre sábanas.

Perlada de sudor,

qué será el dolor.

Al que no engaña un cambio de camas.

Oigo…

Y sigo oyendo mis pisadas:

el abrir de una puerta,

el cerrar apresurado.

La lágrima desbordada.

Pero puedo llorar, sencillamente,

sin desgarrarme, sin perturbarme,

desesperarme, odiarme,

angustiarme, pelearme.

Vaciarme.

Llorar, sólo llorar,

por el frío.

Se desdicen los que dicen,

está saliendo el sol, dame un abrazo amor.

Que el dolor ya no existe.

Y lo intento, sigo el cuento porque he dado con expertos

“Capaces de cagarla y reírse del intento”

Regalar caricias o ahogarse en su cama.

Percibiendo desde el frío, con el frío, tras el frío,

la misma situación.

Qué sería del placer, si no hubiera dolor.

Están desnudos los amantes,

Y como amantes sienten frío.

Reducido a dos palabras

enero 3, 2011

Amarillos y distorsionados, así fueron sus primeros segundos.

Las burbujas del champan le dieron la bienvenida a ese nuevo año y la luminosidad extraña que conseguía el través del líquido le daba a todo un matiz irreal, efímero. Abstracto. Como solían ser últimamente esos ‘importantes’ momentos.

Oía el chinchineo de las copas de fondo, las risas, los deseos y los besos que habían sucedido a las 12 campanadas acompañadas por las 12 uvas que tenía atragantadas. Como si el año se empeñara en no pasar, no parecía poder superarse. Al menos en emociones.

Manjares exquisitos y cubiertos elegantes rellenaban el espacio que sobraba en la mesa. Espacio más evidente al quedar sin terminar. Las sobras para la comida, o a la basura, qué más da en estas épocas de opulencia.

El robot en el que se había convertido su cuerpo recitaba la tonadilla de buenos deseos y mejor digestión a los presentes, acompañado de abrazos y sonrisas, mientras su mente entraba en modo reset.

No podía remediarlo, las burbujas la habían hipnotizado y llevado lejos, flotando, subiendo rápido y sin parar hasta llegar a la superficie de los recuerdos. Sabía que ahí seguían, esos y muchos más, pero necesitaba verbalizarlos, al menos en su mente. Porque realmente somos palabras, estamos hechos por palabras y conceptos que definen nuestra forma, físico y carácter. Pensamos con palabras e intentamos expresar a los demás nuestros sentimientos mediante palabras que nosotros previamente hemos necesitado para comprender lo que nos pasa.

Pues eso, estamos constituidos por palabras. Y palabras era lo que necesitaba. Palabras que desentrañaran su año, palabras que pusieran nombre a esas emociones, que relataran los acontecimientos, que definieran las sensaciones, que explicaran los deseos. Sus palabras.

Así que en cascada se estrellaron, reviviendo instantes y momentos, sólo frases que hacían materializarse en su cabeza todo el contexto:

-Yo lo que quería era llamarte Loira.

-Quiero pensar que si simplemente duele es porque ya he sentido algo. Que no existen los malos  y esta sensación que se ha instalado en mi interior, no defino dónde porque no sabría decirlo así como no sabría explicar el cómo, es la prueba definitiva de que hubo algo. La confirmación de ello.

-Lo que pasa es que eres una fundamentalista.

-Miedo

-No pasa nada. Esto no es exclusivista.

-“Lo nuestro es tan genial, que nadie lo puede entender, la la la”.

-No cambies. Siempre voy a estar cambiando, quiero cambiar constantemente. Evolucionar.

-No es sólo dejar la carrera, sino el día a día, la gente. A mi.

-¿Y para qué estamos aquí? ¿Para limpiar nuestras conciencias?

-Son como dos mundos diferentes y los del primero juegan a comprar las sonrisas del segundo, solo para sentirse mejor.

-Aquí tienes que ser feliz todo el rato, no hay otra salida. No eres una persona sino un espectáculo. Tú me llamaste por mi nombre, esa es la diferencia.

-“En primer lugar, tenemos la obligación de no permitir que nos cieguen, pues si nos dejan ciegos, nos comportaremos, aún más que ahora, como miembros de un rebaño, un rebaño que avanza hacia el suicidio”. S

-Mind the gap.

-Siguen ahí, viejas y sucias, medio rotas. Criando polvo. Son solo botas, pero no puedo tirarlas porque quizá vuelvas.

-Hay que follarse a las mentes.

-Yo es que quiero ganar.

-Teatro.

-Alguien que se despide siempre con un te quiero. Otra que te invita a comer chocolate. Y la que piensa que nada es imposible.

-No lo voy a entender nunca, ni a entenderte.

-Me apetece verte.

-Tengo curiosidad con qué pasará con esto, ¿tendremos 52 años y seguiremos así?, ¿jugando?

-¿Te vendrías conmigo de viaje?

-“Lo que debemos hacer cada uno de nosotros, pues no tenemos más remedio, en primer lugar, es respetar nuestras propias convicciones, no callar, donde sea, como sea, conscientes de que eso no cambia nada, pero, al hacerlo, por lo menos, tengo la seguridad que yo no estoy cambiando” S.

-Quiero morderte el papo.

-Una ciudad mas cosmopolita.

-Todo es violencia, la calle, las modas, las tendencias, el consumo… Todo. Pero si la usas contra ellos eres un radical.

-¿Sabes lo que me apetece ahora?, y no te preocupes de verdad: escribir y llorar. No he podido en ningún momento este fin de semana. Y no es que sienta dolor, sino impotencia.

-Todos identificamos momentos con canciones, risas con sensaciones… Tú eres la voz. Y él, siempre  será el olor.

-Te quiero. Sí, vale por un te quiero.

-Suena extraño, no estaba acostumbrada.

-Las dos son tu hogar.

Una palmada en su pierna hizo que parara en seco. La sorpresa e incomprensión hicieron que fuera una simple muñeca en los brazos que la envolvieron después. Se recobró y con la mejor de sus sonrisas y los ojos empañados salió de la habitación con la excusa de ir a buscar el postre. Tanto romanticismo artificial la había abrumado. Se apoyó en el marco de la puerta:

Le apetecía ver el cielo rojo en vez de azul, la vida rosa en vez de gris, distorsionar la realidad como los espejos de las ferias, inspirar gas de helio para gritarlo, gritar todo eso que se dejaba y poder decir que era una broma. Beberse un cóctel de alcohol y penas, y alegrías, para pasar la noche. Hacer del drama un cuento. Pestañear y volver a esa cama. Masturbarse con sus palabras. Sentir miedo.

¿Era legítimo no?

Sólo está oscuro

diciembre 27, 2010

No te despereces en mi ombligo, la cama no se ha hecho grande. Es sólo mi percepción en lo oscuro de la noche.

Con el pulso acelerado parezco perdida entre sábanas, cabalgando entre los pliegues y retorcida obcecada en busca de algo… de mi almohada, pues tu forma y tu olor se disiparon en cuanto marchaste. Silenciosos, sin notarse. Cómo echarlos de menos si cada noche se visten nuevos amantes.

No creas que añoro tu aliento ni tus besos en la espalda. Ni tu voz grave, ni tus silencios. Si crees que esta noche de luna, enferma romántica, echo de menos tus brazos, pregúntale a ella que es guardia, cómo sólo atosigaban.

Porque por  fin duermo sin sonidos que me arrancan de mis sueños y si alguna vez despierto es mi mano la que aprieto.

Que estoy más cómoda y tranquila y no suspiro porque vuelvas, tu cálido cuerpo abrasaba, estorbaba y mareaba.

Y por si acaso queda duda, no es que ansíe tus mensajes, ni  que espere tus llamadas. El móvil tenía frío y le dejé dormir bajo mi almohada.

No salen de mí ya suspiros.  Ni quiero tus caricias verbales. Duermo sola, arropada, en una manta azul. Mucho mejor que antes.

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